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La zoofilia es considerada en muchas ocasiones como antinatural, y el acto sexual con animales como un abuso de éstos o como un "crimen contra la naturaleza". Algunas personas, por ejemplo el filósofo y autor Peter Singer (involucrado en movimientos por los derechos de los animales), defienden que esto no es así, que esta creencia fue difundida por Ingrid Newkirk [1], presidente de PETA (People for the Ethical Treatment of Animals, grupo a favor del trato ético de los animales).

La actividad o el deseo sexual no es considerado como patología por el DSM-IV (TR) (cuarto manual diagnóstico y estadístico de la American Psychiatric Association, asociación americana de psiquiatría), a no ser que vaya acompañado de angustia o que interfiera con el funcionamiento normal de la persona en cuestión. Críticos alegan que dichos comentarios en el DSM-IV no dicen nada sobre la salud mental y física del animal que tome parte en actos sexuales con personas; sin embargo, defensores de este tratado sostienen que la relación entre un humano y un animal puede ir más allá del mero acto sexual, que los animales son capaces de formar una relación amorosa duradera con otro animal o ser humano, y que tal relación no es funcionalmente diferente de ninguna otra relación sexual o amorosa

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Un joven conoce la zoofilia teóricamente y luego, tras mucho buscar su oportunidad, hace realidad sus fantasías en compañía de un hermoso pastor alemán. Ésta es una historia real. Soy varón, blanco, rubio, de ojos azules. Más bien delgado. Cuando niño, varios compañeros de escuela trataron de inducirme a prácticas homosexuales (masturbación mutua y felación), pero me negué por repugnarme dichas prácticas. A los once años aprendí a masturbarme por mí mismo. Los conocimientos sobre sexo los adquirí en su mayoría por un libro de sexología algo antiguo que describía el acto sexual entre humanos con detalle. El libro aportó, además de la teoría, el material para mis primeras fantasías sexuales. Algún tiempo después, leí el capitulo del mismo libro dedicado a las "Aberraciones sexuales". Dos me interesaron sobremanera: el dedicado a la homosexualidad y el dedicado a la zoofilia. En el primero, aprendí el significado de la palabra pederastia, si bien entonces me pareció algo repugnante. Pero poco después, un compañero de escuela me contó un chiste sexual donde se describía con detalles un acto de pederastia. Si bien no le comenté nada, lo cierto es que me excité internamente al aprender algo que mi libro "sabelotodo" no decía: la posición que adoptan los pederastas para practicar el coito. Eso de que el pederasta pasivo se ponga en cuatro patas para recibir en el ano el pene de su compañero, me pareció sumamente excitante. Casualmente había visto poco antes a dos perros practicando el sexo y fue inevitable comparar la posición del sodomita pasivo con la de la perra copulada. Lo cierto es que al llegar a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño, desnudarme por completo y ponerme en cuatro patas, con un espejo en la mano para mirarme el trasero. Al comprobar que en esa posición mi ano quedaba totalmente expuesto al separarse mis nalgas, me excité sobremanera. Me masturbé en esa posición, de rodillas, con la mano izquierda en el suelo y la derecha en mi pene. A partir de entonces, siempre me masturbaba así y lo peor: con fantasías homosexuales en las cuales unas veces yo era el practicante activo y otras el pasivo. Pero cuando eyaculaba, me sentía avergonzado y trataba de borrar de mi mente eso. A los doce años, unos compañeros de escuela llevaron un libro increíble. Creo que pensarán que el leer libros porno a escondidas es algo habitual entre adolescentes. Eso sería verdad si se tratara de libros corrientes, de esos baratos que abundan. Pero no: nada menos que inicié mis lecturas eróticas con el summun de dichos libros: "Dos Noches de Placer", del famoso escritor y poeta romántico francés del siglo XIX, Alfredo Musset. Un libro muy serio. En él pude leer, junto a mis compañeros, insólitos pasajes de prácticas sexuales de todo tipo. Fue aquí donde tuve oportunidad de encontrar descripciones de zoofilia detalladas (cosa que mi libro de sexología contaba de forma muy vaga). Leímos sobre mujeres copuladas por perros, monos y burros. Mi excitación fue muy fuerte, tanto, que todos se dieron cuenta. Pero lo que más me asombró del libro, no fue la novela en sí, sino el apéndice que traía, incluido supongo por el editor, dedicado a la explicación científica de la zoofilia. Recuerdo que puestos en círculo, yo lo leí en voz alta. A mi entender, las descripciones que aparecían allí eran mejores aún que las hechas poéticamente por Musset. Dos casos de los allí descritos me excitaron hasta el paroxismo: uno, el de una mujer soltera de Washington, que sorprendida por sus parientes copulando con un enorme mastín, sufrió espantosos daños en su vagina cuando el perro, asustado, se separó violentamente de ella. La pobre mujer murió poco después en un hospital de sus heridas. Yo me quedé sin comprender el porqué de aquello. Hasta entonces había creído que el pene de los perros era menor que el de los hombres. ¿Por qué ella sufrió daño? Uno de mis compañeros, instruido por la observación, me lo aclaró todo: "el pene de los perros se hincha dentro de la perra acabado de venirse". Enterado de algo nuevo, proseguí la lectura del libro. Otro caso era el de una muchacha del sur de Estados Unidos, muy joven y bella, que estando un día en el campo jugando con un enorme perro, advirtió que el animal se excitaba. Despierto también el apetito sexual de ella, creyó que podía satisfacerlo dejándose cabalgar por el perro, pero sin permitirle la introducción del pene. La muchacha se desnudó y se puso en posición de perra y el animal la montó, pero cuando ella quiso impedir que la penetrase, el perro la sujetó tan fuertemente con sus patas delanteras, que la introducción del pene en la vagina fue total. Al finalizar la eyaculación del semen, la muchacha intentó separarse del perro, pero notó con susto que no podía hacerlo. El pene estaba tan hinchado que no salía de su vagina. Durante más de una hora lucharon la mujer y el perro por desunirse, lo que finalmente lograron con grave daño para la mujer. Tuvo que ser hospitalizada, aunque se curó. Aquella lectura fue toda una revelación para mí. Quedé absolutamente excitado, a punto de eyacular en mis pantalones delante de todo el mundo. Durante días, la imagen de la bella muchacha empalada por el pene del perrazo, acudió a mi mente y fue uno de mis motivos de masturbación. A partir de ahí, procuré observar en detalle las actividades sexuales de los perros. Cada vez que veía a un perro y una perra, me quedaba con el disimulo por los alrededores para ver la "montada", y el cómo se quedaban "abotonados" durante largo rato (aunque nunca durante una hora como en el libro). Adquirí la costumbre de mirar para la entrepierna de los perros con que me encontraba para comprobar a qué sexo pertenecían. Cuando veía un perro macho de cerca, procuraba fijarme bien en los detalles de su pene y testículos. Un día, comprobé con asombro lo que ya un compañero de escuela me había contado, acerca de las actividades homosexuales de los perros. Él me dijo que había visto a un perro macho montando a otro de su mismo sexo y que "le había metido un trozo de este tamaño por el culo" y separaba las manos como unos treinta centímetros al decirlo. Aquello, aunque excitante, me pareció exagerado. Hasta que tuve la oportunidad de observar varias de esas prácticas de pederastia perruna. Pero de todas, ninguna me excitó más que una que pude observar desde mi propia casa, de noche, cuando todos dormían. Me asomé a la ventana al oír alboroto en la calle y pude ver a dos perrazos pastor alemán, ambos machos adultos, que vivían en casas diferentes pero que muchas veces se escapaban de éstas para merodear por la calle. Hasta ahora no habían coincidido en sus escapadas, pero esa noche se encontraron. El más corpulento, desesperado al parecer por no tener perra desde hacía meses, le fue para arriba al otro y sorpresivamente lo montó por detrás. Lo sujetó firmemente con sus patazas delanteras e inició rápidos movimientos de vaivén tratando de ensartarlo con su enrojecida verga. El otro macho, sometido por la fuerza bruta de su compañero y al parecer intimidado por él (mientras lo montaba le enseñaba los colmillos en gesto amenazador), no hizo nada por defender su "honra de macho". Pero cuando la enorme verga encontró la entrada de su ano, el dolor lo obligó a revolverse con un chillido y escapar corriendo. Su violador, enardecido, lo persiguió jadeando de excitación. No tardó en alcanzarlo y volver a cubrirlo. Esto se repitió varias veces, cuantas veces el macho menos fuerte intentaba huir, el otro le daba alcance y reanudaba su violación interrumpida. Tanto me excitó aquella escena, que empuñé mi pene mientras miraba y me masturbé locamente. Por desgracia, todo terminó cuando el dueño del pastor alemán más fuerte, vio en qué andaba éste y lo recogió obligándolo a entrar en la casa. El otro macho, al quedar solo, pareció respirar con alivio y sentándose en el suelo, con las patas traseras abiertas, se contorsionó para lamerse el ano, que debía tener adolorido y mojado de semen. En lo adelante al masturbarme (siempre en cuatro patas), se mezclaban en mi mente fantasías de sodomía perruna con sodomía humana. Hasta que un día ambas se fundieron. Y comencé por vez primera a imaginarme montado por un perro macho como el que había visto. Al recordar lo leído en el libro de Musset sobre la muchacha "cabalgada" por el enorme mastín, me imaginaba en el lugar de ella, siendo sodomizado por el perro. Tan solo prefería no pensar en el daño que yo pudiera sufrir por esta práctica (al fin y al cabo era una fantasía y ahí se vale todo). A partir de entonces, comencé a considerar a los perros machos que veía, como objeto sexual mío. No todos me gustaban, por supuesto, sino los grandes, fuertes, de pelo corto, sobre todo los pastores alemanes. Admiraba sus enormes penes y los imaginaba ensartándome con él. A los catorce años, sumé a mis habilidades la masturbación anal. Al principio sólo empleaba un dedo ensalivado, para que entrara bien. Pero más adelante comencé a usar objetos, al principio de poco diámetro, como lápices. Pero poco después, algo ocurrió que puso fin a esas prácticas: encontré novia. Una hermosa muchacha de catorce años que borró de mi mente todas las aberraciones. Fue un noviazgo intenso, hermoso, en que no nos conformamos con la contemplación mutua, sino practicamos todo tipo de juegos sexuales. Ibamos al cine y sentados en lo último de atrás, ella abría mi portañuela y empuñaba mi pene, dedicándose a masturbarlo lentamente. Mientras, yo metía mis dos manos dentro de su ropa: una por delante tocando su vulva y la otra por detrás, tocando sus nalgas y ano. Cuando yo estaba excitado, ella bajaba la cabeza, sin importarle para nada si alguien nos veía, y mamaba mi pene, hasta conseguir mi eyaculación y se tragaba todo el semen. Más adelante, en cuanto tuvimos una oportunidad, la enseñé a practicar el coito anal. Yo sólo tenía conocimientos teóricos sobre eso. La hice ponerse desnuda en cuatro patas y ensalivé su ano y mi pene. La tomé por ambas nalgas y la penetré con violencia. Yo sentí un placer muy grande pero ella reaccionó de manera no esperada por mí: dio un violento grito de dolor y se desasió de mí. Como no había leído nada al respecto, no sabía que a la hembra le doliese tanto. Más adelante repetimos el acto varias veces, pero siempre con el mismo resultado. Hasta que finalmente no aguanté más tantos coitos interrumpidos y desfloré su vagina. Sentí que ante el embate de mi pene, su himen cedía. Me moví con frenesí dentro de ella hasta eyacular mi semen. Al finalizar el apasionado coito, pude ver la sangre que probaba el cruento sacrificio de su virginidad. Fue una emoción muy grande la que ambos sentimos. A mí me había tocado el privilegio de hacer mujer a aquella preciosa adolescente. Pero todo lo bueno tiene su final. El tiempo pasó y ella me dejó por otro. Eso me puso muy triste, deprimido por completo. Ninguna otra muchacha con la que intenté proseguir el noviazgo me consoló de aquella pérdida. Comprendí que para no caer en el suicidio, tenía que buscar en otro sitio la diversión que mi novia me había negado. Y volví a mis prácticas masturbatorias. Pero ahora con más desenfreno, sin importarme ya nada. Volví a las masturbaciones anales; como ya los dedos no me satisfacían, recurrí a consoladores, cada vez más gruesos, que al ser introducidos me causaban dolor (como a mi ex novia), pero yo tenía la ventaja de que tan pronto sentía el más mínimo dolor, me sacaba el instrumento y esperaba a que los latidos dolorosos disminuyeran. Al poco rato, podía reanudar la dificultosa penetración, hasta hundir por completo el ensalivado instrumento en mi recto. Entonces me masturbaba por el pene, con el ano lleno con el aparato de turno. No tardé en usar consoladores mucho más gruesos que mi propio pene erecto. Al hacerlo, imaginaba ser poseído por un hombre descomunal. Casi siempre mis fantasías durante tales actos, se desarrollaban durante mis 11 ó 12 años, cuando había sido requerido en vano por varios compañeros mayores que yo. Ahora imaginaba que había accedido a ofrecerme a sus caprichos sexuales. En mi imaginación, uno de ellos, el que con más frecuencia aparecía en mis fantasías, por haber sido el más insistente en la realidad, me llevaba a un rincón y allí me sodomizaba. Luego imaginaba que aquel compañero se lo decía a otros y me sodomizaban en grupo, haciéndome rueda. Como eran tantos, mientras uno me la metía por el culo, el otro me la metía por la boca y luego les tocaba a los demás. No sé cómo no me volví de veras homosexual con tantas fantasías sobre el mismo tema. Creo que lo que me disuadió de ello fue el pensar en las consecuencias que tendría para mí el que se divulgase semejante cosa. Yo quedaría desprestigiado, reducido a la condición de vulgar gay, nadie me respetaría. No, en eso no podía caer. En el fondo me seguía sintiendo heterosexual y confiaba en encontrar de nuevo una amada femenina, pero si me desprestigiaba, eso me quedaría vedado. En la universidad, comencé a leer cuanto libro de sexología encontré en su biblioteca. Y hallé no poco material interesante. Recuerdo un libro de Krafft Ebing en el que se describía el caso de un campesino encargado de cuidar las reses, que encontrándose cierto día limpiando el pesebre, no pudo resistir la tentación de tocar el pene de un toro joven que allí había, y al comprobar cómo se excitaba, se había bajado los pantalones apoyando el torso sobre el pesebre. El toro lo montó de súbito, introduciéndole de un golpe, el pene en el ano. El hombre intentó quitárselo de encima, pero el animal lo sujetó tan fuertemente con las patas delanteras contra el pesebre, que nada pudo hacer, hasta que el toro lo soltó finalizado el acto. Adolorido, tuvo que acudir al hospital, donde se le detectó una perforación en el recto a doce centímetros del ano. Pero se curó. Aquella descripción me excitó de tal manera, que casi eyaculo mi semen allí mismo, en la biblioteca. Era una nueva fantasía sumada a las que ya tenía. Comencé a partir de allí a sustituir en mis fantasías masturbatorias a los hombres, por animales machos: perros, machos cabríos, toros, caballos, burros, leones, monos, venados e incluso verracos. Todos esos animales me sodomizaban una y otra vez en mi imaginación y era tal la excitación que ello me producía, que incluso durante las clases me excitaba, lo que puso en dificultades mis estudios (los que pese a todo, finalicé sin problemas). En ocasiones, también me imaginaba practicando el coito con animales hembras: tratábase de cabras, terneras, venados hembra y llamas. En ocasiones imaginaba sodomizar a terneros machos o hacerme felar por ellos. Sin embargo, cuando terminaba de masturbarme, al eyacular mi semen, el torbellino lujurioso de mi mente se calmaba y me avergonzaba de semejantes pensamientos. Procuraba borrarlos de mi mente por considerarlos perversos. Incluso durante las masturbaciones, yo establecía una cuidadosa barrera mental que me avisaba continuamente que eso no era más que fantasía y que JAMÁS se haría realidad. Me aterraba semejante idea. Cuando imaginaba escenas de pederastia pasiva con perros grandes, ponía mucho cuidado en decirme que eso nunca ocurriría. A los dieciocho años, estuve de visita en una casa en la que había una pareja de hermosos pastores alemanes, macho y hembra. Como la casa iba a quedar sola por una noche, me ofrecí a cuidarla y desde luego, fui al patio a ver a las bestias. Ellos, nerviosos, me ladraron mucho al comienzo, pero yo los tranquilicé y al poco tiempo ya permanecían en calma. Pero no podía tocarlos: una cerca de alambre se interponía entre nosotros, cerrada con un candado. Los animales, dedicados a la cría, se encontraban encerrados en una especie de perrera cercada. Mis ojos se posaban en los genitales del macho y los más sucios pensamientos acudían a mi mente. En vano busqué la llave del candado. Así que tuve que conformarme con meter mi mano a duras penas por un agujero de la cerca y tocar por vez primera el pene de un perrazo pastor. ¡Y pensar que mis muchas fantasías podrían realizarse si ese candado estúpido no existiera! Traté de masturbar al animal, pero el reducido agujero apenas me permitía mover la mano, así que casi no logré excitarlo. Tuve la loca idea de saltar por encima de la cerca, y allí dentro de la perrera, ofrecerme desnudo en cuatro patas al macho, pero me disuadió de ello, no el peligro de que alguien desde la calle me pudiera ver (yo estaba dispuesto a correr ese riesgo), sino a la existencia de la perra. No me confiaba de ella. ¿Y si se mostraba celosa por sonsacarle a su macho y me agredía? Así que me quedé en esa ocasión sin llevar a la realidad mis sueños. Sin embargo, al recordar en lo sucesivo lo que estuvo a punto de ocurrir, me sentía aterrorizado. ¡Había estado a punto de cometer una espantosa aberración sexual! Tan sólo un vulgar candado cerrado me había "salvado" de semejante horror. Aquello fue una verdadera ruptura en los mecanismos de seguridad de mi mente. Ahora, cuando me masturbaba, imaginaba que -¡de verdad!- me dejaba cubrir por un perro. Sólo bastaba que la oportunidad apareciera. Aquello creaba verdaderos conflictos en mi mente. Yo equiparaba la práctica de la pederastia pasiva con perros, con la práctica de lo mismo con hombres. Me decía a mí mismo: "si haces eso, te conviertes en maricón". Pero eso no borraba mis deseos cada vez más intensos. Hasta que poco después, la tan ansiada como temida oportunidad se presentó. Me enteré de que en cierta casa vecina a la mía, había un nuevo perro: un pastor alemán aún joven. Tendría unos diez meses, pero ya su estampa era espléndida. Aquel perro tomó la costumbre de merodear por las noches solo. Adquirió verdaderos hábitos de lobo y yo me propuse ganarme su amistad antes de que fuera demasiado tarde: antes de que al madurar, su carácter se fuera a hacer huraño y me fuera a agredir si me le acercaba. Resultó el perro más amigable del mundo. E inteligente. Bastaba un brevísimo silbido mío para que se me acercara, moviendo amistoso la cola. Y todo sin que yo le hablara ni supiera su nombre. Una noche, me decidí por fin a tocarlo. Muy nervioso, lo acaricié primero por la cabeza y el lomo. El se dejó encantado. Lo llevé a un rincón oscuro y allí, con mucho disimulo, me atreví a tocarle el pene. El animal no puso ningún reparo. Temblando de nerviosismo, entré en la escalera de mi edificio y el perro me siguió, subiendo las escaleras con sus fuertes patas de dos en dos. Sin poder contenerme más, le agarré el pene con la mano y traté de masturbarlo, pero como no conocía muy bien la anatomía canina, le causé dolor y dio un fuerte chillido, que me hizo temer que algún vecino me descubriera. El perro, algo lastimado, huyó escaleras abajo y yo me sentí frustrado, sin embargo, al seguirlo, vi que no se había alejado mucho. Estaba sentado en plena acera, lamiendo su pene. Al silbarle, pareció olvidar todo resentimiento porque acudió de nuevo a mí. Lo conduje de vuelta a la escalera, y el inteligente can me siguió de nuevo, como comprendiendo que mi inexperiencia tenía arreglo. Esta vez empuñé el miembro viril del animal más cerca de la base, y sentí la dureza del pene dentro del forro protector. Le acaricié los testículos y los comparé con los míos propios: los de él, pese a su juventud, eran mayores. Moví la mano acompasadamente, sin brusquedad, y esta vez vi la roja punta de su glande sobresalir del prepucio. Seguí mi deliciosa tarea, y no tardó el perro, ya con el rojo pene completamente afuera, en eyacular su semen. Éste cayó al suelo y pude comprobar que no era exactamente igual al de hombre. El piso quedó bastante sucio de semen, pero a mí eso no me preocupó mucho: confiaba en que ningún vecino identificara de qué estaba sucio el suelo. En cuanto al olor, también era diferente, bastante fuerte y durante días me pareció tener el olfato impregnado con él. Aquello se repitió durante varias noches, no todas, desde luego. No siempre yo podía y no siempre él estaba suelto. Yo me había propuesto que para cuando él alcanzara su adultez (al cumplir el año más o menos), me le entregaría homosexualmente. Me excitaba la idea de que yo le ofrecería mi ano virgen a un perrazo también virgen. Pero algo frustró este último deseo: cierto día (esta vez en pleno día), al asomarme a la calle, veo a mi perro acosando a una perra de su misma raza perteneciente a otro vecino y que como él, deseaba pasear en libertad. ¡Y para mi sorpresa, el macho no desaprovechó la oportunidad! La abrazó fuertemente con sus patazas delanteras y tras arquear su lomo con furia, la penetró sin dificultad alguna por su vagina. Los movimientos del macho se hicieron frenéticos y la hembra comenzó a lanzar suaves chillidos de dolor (puede que fuera virgen también). Luego el macho se quedó quieto y descendió del lomo de su compañera. Entonces quedaron "abotonados" en medio de la calle. No pocos transeúntes se detuvieron a mirar el espectáculo. Yo no me perdía detalle y sentía una mezcla de furia contra la perra, por robarme un privilegio que consideraba me pertenecía, con la más violenta excitación sexual. No tardé en cambiar de idea y agradecerle a la perra el haber iniciado sexualmente a mi futuro amante. La idea de ofrecerle mi ano a un perro experto sexualmente en lugar de a uno inexperto, me ganó. Tan solo me preocupaba algo el pensar si la perra no me transmitiría alguna enfermedad, pero consideré que el riesgo bien valía la pena. Me quedé mirando a la pareja durante largo rato, hasta que el macho dio un fuerte tirón y logró sacar su hinchado pene, arrancando a la hembra un chillido de dolor. Luego el perro se dedicó a lamerse su verga que le colgaba entre las patas traseras para finalmente, limpiar con su lengua la vulva de su compañera. Dos semanas después, por fin se me presentó la ansiada oportunidad. Me encontré en la calle, de madrugada al perro pastor alemán de que les hablo, ya iniciado por una perra, y lo llamé. Me senté en un muro y él, con todo descaro, se me encaramó sobre una rodilla y empezó a hacer movimientos como de coito, al tiempo que la punta de su rojo glande comenzaba a salir de su capucha. Sentí una mezcla de excitación y miedo a ser visto por alguien y ahuyenté al perro, el cual, ofendido, se retiró a buscar aventuras en otro sitio. Durante más de una hora no lo vi. Me reprochaba el haber sido tan cobarde. ¿Y si no quería nada más conmigo? ¿Y si él encontraba una perra por ahí y me quedaba yo solo? Pero al rato le vi venir de lejos. Parece que no encontró ninguna perra pero aún así, venía caminando muy orgulloso por el medio de la calle, con su peluda cola levantada y al silbarle, en el acto acudió a mí, sin el más mínimo resentimiento. Muy nervioso, eché a andar hacia el escondite habitual pero mientras, mi perro se dedicó a levantar la pata contra cuanto árbol o muro encontró por el camino. Yo me extasiaba mirando el potente chorro de orina que brotaba de su pene y la fuerza con que chocaba contra paredes y árboles. Su olor masculino me enloquecía y pensé en agarrarle el miembro mientras orinaba, pero él no me daba tiempo y reanudaba su marcha. Por cierto, en lugar de marchar a mi lado, él acostumbraba a caminar delante de mí, con la cola completamente levantada por sobre su cabeza, mostrándome su ano y sus testículos colgando debajo. Y a cada rato, levantaba la pata para orinar y proseguía delante de mí. Más adelante, leyendo sobre la vida de los lobos, supe que así camina delante de su hembra el macho dominante de la manada y que orina todo lugar por donde pasa, para marcar su territorio. Cuando mi perro lo hacía, parecía proclamar a los cuatro vientos: ¡que nadie se acerque a mi hembra! Un gato se atrevió a cruzarse en su camino y mi perrazo lo ahuyentó con fortísimos y viriles ladridos, que me llenaron de emoción porque era la primera vez que los oía. Al parecer, me estaba defendiendo de ese posible enemigo. Ni que decir tiene que el gato huyó despavorido. Llegamos a la entrada del edificio y él me precedió, para evitarme todo peligro. Su elástico y fuerte cuerpo se impulsó escaleras arriba y yo lo seguí a duras penas. Al llegar a un descanso de la escalera que nos ofrecía suficiente espacio para lo que inevitablemente debía venir, yo, nervioso a más no poder, temblando de la emoción, empalmado, le toqué el pene brevemente, pero al instante decidí pasar a la acción. Me bajé los pantalones, pensando dejarme cubrir así, pero como los pantalones bajados estorbaban, terminé por quitármelos del todo al igual que los calzoncillos. También me quité la camisa, porque no quería que se me ensuciara y por otra parte, deseaba sentir directamente sobre mi piel las caricias del macho dominante. Completamente desnudo, me puse en el suelo en cuatro patas, apoyado sobre rodillas y manos. Y me ensalivé el culo para que su pene resbalara bien. Pero obtuve un efecto secundario que no había previsto: el animal, tras oler la saliva que mojaba mi culo, se dedicó a lamerla con fruición, produciéndome una mezcla de vergüenza y de placer intenso. Le dejé hacer y cuando se acabó la saliva, me unté más y él prosiguió sus deliciosas lamidas. Prolongué eso un rato más, pero luego decidí llegar a lo máximo. Excité con las manos al animal, acariciando su pene y él respondió montándose sobre mi espalda. Me abrazó con sus poderosas patas delanteras por la cintura, dejándome casi sin respiración y produciéndome numerosos arañazos y comenzó a realizar desordenados movimientos tratando de ensartarme. Como tardaba en encontrar su objetivo, no aguardé más y metiendo la mano derecha por entre mis muslos, empuñé su erecta verga y coloqué su punta en la entrada de mi esfínter anal. Al instante, el perro me apretó fuertemente contra su musculoso cuerpo y sentí un dolor intenso en el ano cuando la enorme verga me penetró de golpe. Sentí que me quemaba por dentro, como si fuera un hierro candente (aun no sabía que la temperatura corporal de los perros es mayor que la de los humanos). Los movimientos del animal se hicieron más fuertes y rápidos y me penetró totalmente. Sentía un dolor intermitente cada vez que el perro se impulsaba hacia delante con cada introducción de pene y golpeaba como un ariete destructor en el fondo de mi recto. Me sorprendió sobremanera lo doloroso que era el acto para mí. Toqué con mi mano derecha por entre mis muslos y comprobé que en efecto, la introducción de la verga era total. Los testículos del animal golpeaban rítmicamente contra mi periné (el lugar donde nacen mis propios testículos). A medida que iba eyaculando semen, el sonido del coito cambiaba por un mojado "plat, plat, plat". Tan fuertes eran esos sonidos, que temí que despertaran al barrio completo. Súmese a ello el ruido que producía mi macho con sus fuertes jadeos y se comprenderá la razón de mi miedo. Recuerdo que el primer pensamiento que acudió a mi mente cuando el perro me ensartó, fue: "¡Ya soy maricón!". Aquel perro me había quitado la virginidad anal con toda facilidad. Pero el coito proseguía. Los dolores rítmicos no disminuían. En vano traté de adoptar posiciones en las que sintiera menos dolor. Todo inútil: como quiera que me pusiera, me seguía doliendo el culo. Finalmente, el perro terminó de eyacular su semen en mi interior. Confieso que tan adolorido estaba, que apenas sentí los chorros de cálida esperma. El hermoso macho entonces, se quedó quieto, aún subido sobre mí, jadeando, con su lengua colgante babeándose sobre mi espalda. Las gotas de baba me caían encima y yo lo encontraba excitante. Me dediqué, durante el minuto que permaneció inmóvil sobre mí, a explorar con mis manos mi culo. El dolor había desaparecido y ahora sentía placer. Los dos enormes testículos del can, estaban fuertemente apretados contra la parte inferior de mi ano. Ni un solo centímetro de pene quedaba sin meter. Toqué mis propios testículos para comprobar una vez más que los de él eran más grandes. Me masturbé sin llegar a eyacular, cuando de pronto el perro mostró deseos de bajar. Hasta ese momento, yo no había pensado mucho en esa parte de mi placentera relación zoofílica. Es cierto que sabía teóricamente que al perro se le hincha, etc. Pero desconocía qué efecto ocasionaría eso en un recto humano. Todo sucedió demasiado rápidamente como para que yo pudiera reaccionar: El animal, luego de pasar su pata derecha trasera por encima de su rígida verga, se volvió de espaldas a mí, tal y como le sucediera dos semanas atrás con aquella perra. Yo no sabía entonces, que la vagina de la hembra se contrae fuertemente al finalizar el coito y eso contribuye, junto con la hinchazón del bulbo del pene a que queden "abotonados". En el caso mío, como yo no estaba preparado, dejé mi ano relajado. Lo tenía así, para evitar en lo posible el tremendo dolor que el perro me estaba produciendo al sodomizarme. Si hubiera sabido lo que iba a pasar, hubiese contraído fuertemente el ano para evitar que el bulbo saliera. En cambio, el perro dio un violento tirón que venció toda resistencia de mi esfínter, ya bastante dilatado por la penetración y lubricado por la saliva y el semen. Sentí un dolor fortísimo, mucho peor que todo el sufrido hasta ese momento. El bulbo del animal, monstruosamente hinchado, salió de un golpe, con un fuerte sonido como de descorche, al vencer toda resistencia de mi esfínter. Y tras él, se escapó de mi culo una oleada de caliente esperma canino, mezclado con abundante sangre mía. Mi vista se nubló por el dolor. De milagro no pegué un grito, que hubiese podido descubrirme. Con los labios apretados por el sufrimiento, me apoyé sobre mis codos, manteniendo mis nalgas levantadas y entreabiertas, tal y como al comienzo del coito. El perro, desentendido de mi dolor, se dedicó a lamer la monstruosa verga roja que colgaba entre sus patas traseras. Estaba brillante por el abundante semen que la bañaba. Pese a mi sufrimiento, no pude dejar de mirar cómo él se limpiaba el pene a lengüetazos. Yo estaba preocupado pensando en si me habría causado algún daño irreparable con tan monstruoso instrumento. Miré el suelo entre mis separadas rodillas y vi con espanto los muchos goterones de sangre que lo cubrían, junto con un verdadero charco de semen ¿Me habría perforado el recto? Para comprobarlo, me introduje el dedo del medio en el ano y me palpé tan hondo como pude. Al sacarme el dedo, lo miré pero no había sangre en su punta, sino sólo en su base. Eso me tranquilizó porque comprendí que la herida era superficial, más bien en el esfínter. El perro, luego de lamerse cuanto quiso la verga, se volvió hacia mí. Acercó su hocico a mi culo y entonces sentí su cálida y áspera lengua propinándome sabrosas lamidas por todo el trasero, procurando tragarse el semen que chorreaba en abundancia de mi abierto esfínter. ¡Y de verdad que lo tenía abierto! Tan brutal fue la sacada del pene hinchado, que mi esfínter anal sufrió un desgarro parcial por la parte que está más cerca de la espalda. El esfínter no podía cerrarse y yo sentía cómo su lengua penetraba en el interior de mi recto para lamer el abundante semen que aún contenía. Aquellos lengüetazos, semejantes a los que él prodigara a aquella perra, me llenaron de una mezcla de vergüenza y alivio. Percibía aquello como una muestra de cariño y aunque parezca mentira, el dolor lacerante disminuyó. Entonces incorporé mi torso, quedando arrodillado en el suelo y abracé al can. Le perdoné todo el dolor que me había causado con su salvaje posesión sexual, por aquellos brevísimos instantes de amor que me había brindado. Le tome con la mano la roja verga, que aún colgaba entre sus patas, pese a haber disminuido en tamaño, y en un arrebato de pasión me la metí toda en la boca, sin importarme que poco antes hubiese estado dentro de mi propio culo. Así pude conocer el sabor de una verga de perro sucia de semen, culo y sangre. Pero la razón se abrió paso en mi enloquecida mente. Si permanecía más rato allí, me podrían descubrir. Le señalé al perro la sangre que cubría el suelo, y el inteligente y noble animal, la fue recogiendo toda con su lengua, hasta que no quedó ninguna gota. Desde luego, la leche derramada con abundancia en el suelo se quedó allí pero yo confiaba en que nadie identificara lo que manchaba el piso. Entonces decidí vestirme, pues mi nerviosismo iba en aumento. Como no tenía con qué limpiarme el culo, me puse los calzoncillos así mismo, teniéndolo todo sucio de semen, saliva y sangre. Ya vestido, me tranquilicé y decidí bajar un rato más a la calle para despejarme la cabeza con el aire fresco. Una vez en la calle, mi perro se comportó de forma sorprendente. No sé si también sería una costumbre de los lobos tras el apareamiento, pero no me extrañaría: el animal, lejos de sentirse agotado después de tan intenso coito (yo sí lo estaba), se dedicó a correr a toda la velocidad de sus ágiles patas de un extremo a otro de la cuadra. Su hermoso y viril cuerpo se impulsaba con facilidad a través de la oscuridad de la noche y yo oía su excitado jadear. Entonces no sabía yo aún, que para un perro no es ningún problema realizar varios coitos seguidos, mediando entre uno y otro pocos minutos. Pero aunque lo supiera, no estaba yo de ánimos para una segunda sesión. Mi ano me seguía doliendo, pese a lo cual, me senté un rato en el muro (con cuidado para no lastimarme el culo) y mi perro se me acercó al instante. Se sentó en el suelo frente a mí y abriendo su boca, sacó su enorme lengua y comenzó a jadear. Su expresión me pareció aún más inteligente que antes. Me miraba fijamente, como enamorado de mí y yo, sintiendo el mismo afecto por él, me incliné hacia delante hasta colocar mi cara a pocos centímetros de la suya y le hablé, por vez primera en la vida. Al instante, sus puntiagudas orejas de pastor alemán se volvieron en mi dirección, como para no perderse una palabra de lo que le decía. Esta es la primera vez que un humano conoce las dulces palabras que le dirigí en voz baja: "¡Me singaste muy bien! ¡Ya eres mi marido!" Y levantándome, con el culo aún adolorido, me despedí de mi perruno amante con una caricia, pero él me acompañó escaleras arriba hasta la puerta misma de mi apartamento. ¡Por fin yo había conocido lo que era el coito anal con un perro! ¡Y qué perro! Todo el dolor y la vergüenza sufridos, no me disuadirían en lo sucesivo, en cuanto se curara la herida de mi ano, de seguir gozando con él de las delicias de la vida